jueves, 22 de enero de 2015

vejez

"Yo, tres universos en colisión, un humo blanquecino constante. Cana estepa se estira a megamillones de años luz bajos mis pies, y yo floto."
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He acá el relato monótono y desprolijo (pues lo alimento con recuerdos sueltos de una memoria vieja y desatendida) de un hombre que conocí hace ya varios años, en el cruce de dos calles cuyos nombres no recuerdo, cerca de un muelle avejentado en los colores y la luz, empotrado en un rincón tosco de la zona portuaria donde habitan insomnes, paganos y muertos. También es un relato breve, porque no me sobran los dedos y la taquicardia me tiene impaciente y abrumado. Las pulsaciones me acarrean de un lado a otro, como yendo sobre carruaje en despeñadero.
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"Intrépido y perdido sobre mi estela, el tiempo viene tomando el aire que dejé detrás. La luz se mueve en partículas visibles, los colores se van creando entre pestañeos. Una ráfaga enorme atraviesa el cosmos y veo como novas y supernovas transmiten la energía de la vida, y de la muerte. Yo floto."
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Recuerdo haberlo visto por última vez en la penumbra de un viñedo en el valle de Aconcagua. Estaba perdido bajo una cubierta de hojas muertas, pues era oscuro como la tierra. Su tes no tenía sombras, era de un café opaco, sin grietas, pero no sé cómo denotaba explícitamente toda la edad que cargaba. Sus ojos parecían pesados todo el tiempo, estaban casi cerrados todo el tiempo. Ese día, por un segundo, pasó lento detrás de un tronco quebradizo; en ese momento, un esqueleto verdoso de lo que fue un racimo de uvas dibujó con sus nervios todos los rastros oscuros del rostro suyo. Las pasas moradas y podridas eran perfectas figuraciones de sus característicos párpados. No tenía pestañas. Sus cejas eran tupidas o no, nunca lo supe, el color de todos los elementos de su rostro era el mismo, y no había ni brillos ni relieves significativos. Esa vez eran cerca de las 9.30 de la tarde, aún nos quemaba la cabeza el sol. Cargábamos unas chaquetas gruesas bajo los brazos. El metaclima de la zona centro no perdona ni a los poderosos.
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"Poso mis manos sobre la membrana de un cielo, veo la vida orgánica emerger del líquido que cubre la redondez de la primera capa corpórea de este cuerpo mineral enorme.
   Soy el negro que cae sobre el día, soy el que se posa sobre las nubes con este degradado temporal. 
    Veo girar estrellas de infinitos hacia infinitos en contornos perpetuos, en giros luminosos, en espirales perfectas. El polvo estelar circula indivisible por el cosmos y yo veo de a uno todos sus átomos. Yo floto."
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La noche se ponía desafiante sobre el dintel del horizonte y nosotros nos hacíamos los desentendidos. Tomábamos café de ese que se toma con el sol naciente de la mañana, no con el que viene desfalleciendo, pero a él parecía no importarle y yo debía seguir el juego. Si descuidaba el vínculo, todo lo desarrollado se desvanecería en cenizas, como una pieza de dominó cayendo hacia el lado. Necesitaba de un fragmento más de historia y él portaba todos los pasajes que requería mi empresa.
       Nos sentamos junto a una sombra cónica, graciosa. Creo que provenía de alguna ornamentación neumática antigua de la bodega que estaba a 20 metros, no miré para asegurar la fuente pues perdería su atención, sólo puedo asegurar que oscilaba en perfecto método, aún con el recio viento que azota las tardesnoches de la zona. Nombro con detalle la sombra, pues fue donde él puso la vista para relatar lo que relató.
   En otro instante, abrió los ojos todo lo que pudo. Al segundo siguiente comenzó a hablar. Estático, ocupé todo el espacio que el sillón de mimbre me permitió. Caí sobre la superficie como un bulto líquido, pero con una tensión casi paralítica en los músculos. Sólo escuchaba, creo haber perdido por una noción de tiempo inconmensurable el resto de los sentidos.
    No fue por nada mágico, fue puro asombro. Parecía estar escuchando hablar al viento.
      Este tipo estaba loco, pero pude llenar de inspiración el pequeño cuadernito que cargaba bajo el brazo.
  Le pagué casi dos lucas en recuerdos que no me llevé, sólo tomé la botella por instinto. Me llevé un poco de su vino para mi camino de vuelta.
      Cuando comenzó la madrugada, sentí que pude apreciar el movimiento celeste con un lente que nunca nadie pudo imaginar. Un visor etéreo, efímero, pues olvidé toda esa capacidad la mañana que prosiguió.
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"He asido la primera rama de la primera raíz, y preparé la eterna estancia. Soy de fuego y soy de agua, soy los senderos que cruzan toda la tierra y soy las ráfagas que dibujan los trazos en el cielo.
Ahora me quedo viviendo entre los detalles, me mantengo en la figura matemática, seré sustancia tangible, me dejaré conformar por los átomos que conforman todo lo demás. Haré de ésta mi morada por los eones que sobrevivirán.
Miraré a mi creación desde cerca, seré la fruta que alimentará la vida."