Pasaje de tarde espontaneidadcómo ha de ser el acto para ser un buen acto
Quién leyó a Serrano a de suponer que no hay por buena persona sino la que es natural en sí y para sí: la espiritual aventura se vuelve victoriosa aún en la derrota en el campo de batalla, {...} mas se hace fuerte y grandiosa, eterna, porque es en la persona donde recae la responsabilidad del logro, de medida inductiva, la pirámide del Hombre Grande, y no de deducción, no desde la unión colectiva de la estirpe (si, es premisa antagonista de la retórica de Serrano, pero no hay tanto Serrano en estas palabras), no desde la masa cuantitativa, a veces mancillada por corrupción particular, malos ejemplos de ser - il calo del dio - por la asimilación desatendida y prolongada: la mala vida, de cuerpo físico y espiritual imperfecto, impuro, gastado, servil. Mas se tiene por puro lo natural, {...} ¿y no es en Serrano lo místico su carro de batalla? Grande fue tal hombre, y grande toda su obra, pero ni por perfección se apiada su búsqueda de la misma: lo perfecto yace infinito al final del camino, y no hubo quienes derramaran los árboles gigantes, hiperbóreos, de tal inmenso y hermoso bosque, pero no es la mención del colectivo conductual y estructural mi motor (¡si es que he de saber, a más tardar alguna viva hora, cuál es ESE motor!). A saber, y con todo (y sin todo también), la deducción del ser me lastima el alma - y han de ser pocas las cosas que lastímanme, desde la letra filosa del poeta o del filósofo - cuando es el SABIO el que las afirma en su obra, y no el torpe; y con agrio rostro menciono lo grotesco del placer de la lectura de ésta, y del ulterior análisis, de la providencia especulativa - no ha de ser otra cosa, otro grandioso motivo, más la onírica especulación - del encanto que seduce estos dedos: si, es placer el que me hace negar lo innegable, lo respetable, lo infinito, lo infranqueable. Son mis letras mínimas las que se posan altaneras y provocativas, dulces y arrogantes, delante del obrón incólume de Miguel, de Friedrich, de Nimrod, de mi padre. Si, las cucarachas, mis pequeñas letritas, pero no ha de ser otro que el banquillo en su espalda, la caída. Si, con trampa, con cinismo. Del placer, acá es donde niego todo lo que amo. Es por la alegría de la "contrariedad".
¿No es, acaso siempre, la serenidad de la alegría el mayor propósito humano?
Pues bien, soy feliz negando lo que me es placentero.
La mejor lectura es la que hacen los dedos. Son los ojos perfectos los que van descifrando las ideas propias, la percepción del ser por ser: la escritura se vuelve perfecta no sólo cuando se especula débil por el débil (cualquiera pudo, y aún siempre puede, tomar la "escritura" y degenerarla con su melosa situación existencial. Lo ha de saber muy bien el arte: el cine, la música, la literatura per se), sino cuando es la que plantea lo que no viene solo, lo que viene poderoso, la madre de la idea, del pensamiento, de la libertad.
La lectura es inmensa cuando se escribe a la vez, en lo simultáneo del tiempo, del espacio indiferente. Es la propia meditación del todo el más bello punto para mirar lo que está escrito, y un buen asunto literario mejora de manera inconmensurable el lente.
Y de lo pequeño que crece se hace lo más grande: el buen hombre. La inductividad del acto procrea, y no sólo asume un desarrollo. Se hace parte del todo, lo cobija entre sus muchos brazos: quien vea niños corriendo dentro de esta dimensión no ha de pensarse ni demente ni perdido; es en el infantil amanecer donde se encuentran las bases primigenias del hombre, del gran hombre, no de cualquier hombre (principio de diferenciación impersonal, de la muerte de lo feo y chico bajo lo alto y hermoso). Es el niño el logro máximo del hombre grande. * Y mediante inducción se conjuga el acto. El hombre es acto. No hay por otra definición del ser que su obra.
¿Porqué se induce lo que proviene de algo ya inducido, este particular hombre? Primero, se hace luego de pensarse: el pensamiento pasional del espíritu, la sinceridad del orden pro actual, el poder de la creación del hecho, eso y todo, conduce al fin de forma convexa, avanzando mediante tramos creativos, artísticos, libres, fríos. He acá el conjunto del pensamiento del acto, por primer término, como clave inductiva.
Luego, se tiene la voluntad de crear. Hay cualidades en el hombre que se la mejoran, y lo libran de artificios humildes: lo ubican como creador perfecto delante de su obra, y tras su motivación. El hombre tiene, entre otros, fuerza física y mental, deseo, pasión, calor, desinterés por lo semánticamente moral, por lo cotidiano del cordero. El hombre tiene desde que es gran hombre capacidades, esta situación de crear. Y que más, sino es crear, podría hacerse con estas herramientas. Se vuelve ahora elevado el trazo del desarrollo, perfecto.
Por último, se crea. Se obra, se realiza. Es la inspección del propio ser lo que se saca para recrear la fantasía deliciosa de la realidad placentera: la felicidad, la alegría personal, limpia de mugres colectivas e inquisidoras, libre de la teociencia. El hombre se vuelve su obra, porque es su obra la que impaciente busca, siempre, porque es el acto de su felicidad; la armonía del juego de sus herramientas con sus ideas de goce lo hacen crear, ACTUAR.
Y eso.
* otro tema, otro momento, otro espacio.
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Ahí está, tal lo pediste sin pedirlo.
(nunca pensé que matemática, una conversación contigo y el frío pudiesen ser musa de algo interesante entre estos códigos infelices)