cruzando entre arterias y espina
entre carne
mas nada más.
Brisa que no concuerda, silente
como un niño perdido, insolente
tendida en la tarde
como asida al horizonte del sol
¿Recuerdas esa tarde?
empalagosa, por ser tarde inoportuna
con todo el cuerpo pegado, resbaloso
donde todo recorría
desde arriba hacia abajo, en una perfecta diagonal
las cuencas del cuerpo
jabonoso, pues todo se deslizaba
pero ni yo quería
ni tú
Fui recio por los primeros segundos
esos que alcancé a contar
porque entre los dedos cabían
levantándose uno por uno,
mas perdiéndose luego
en una cardinalidad casi vomitiva
propuesta por ti
y tus dioses afónicos
que susurraban por detrás del oído
cada número, cada nota
cada melodía por afinar
y cantaba
contando los primeros segundos
hasta que comenzó el recital
y se me perdieron los dedos en la cuenta
ya era gigante la cuota esperada
y siniestros comenzábamos a decir mil cosas
una por cada día sabido
una por cada risa mía
una por cada lágrima tuya
Y en silencio se fueron todas las ropas
Pues se detuvo el último número que dije
cuando se acercaban los dedos a los tuyos
y ya el tiempo se perdía otra vez
Dijimos que todo parecía una flor
como un largo tallo creciendo desde todas partes
con pétalos que tiznaban de rojo la piel
mientras rozaban horizontales los cuerpos
y las hojas llorando sobre nosotros
pues del agua se remecían
y en cada gota que caía cerrabas los ojos
y en cada uno de esos momentos
yo reía
Mis dedos se perdieron en los tuyos
enredándose en una sola canción
y yo los miraba, y no los veía
luego los brazos,
¡los míos se perdían de los hombros!
arrancaban sin soltarse de mi pecho
pues, decían
en el tuyo estarían mejor
rodeándote la espalda
como tu camisa preferida, y en tu cuello
como esa bufanda que amaste
hasta que yo te amé.
No fue una gran tarde
tarareamos mejores letras antes
pero fue una tarde de nada más
El corazón late rápido
más que la mirada del halcón,
más que el rayo desde el cielo,
pero intentaste detenerlos con las manos
y entre ellas fue la grieta
en donde caen ahora todos los llantos
en donde ahora se fruncen los ceños
y en acalorada poesía
te digo que no.