Y yo veíala no moverse, pues moverse no quería, ya no y nunca más.
Trataba, yo, de decir cosas, mas no me oía; y me acerqué, y primero escuché.
-Pensé que despertando dejaría de soñar, he ahí mi yerro. Pues salí, y bajo este árbol tengo una nueva epifanía. La tengo, y no me detengo, ni pues sangro, ni pues estoy cansada. La tengo porque cierro los ojos y vuelo, manteniéndome en el suelo, sujeta al cuadro sobre el pasto que pintaste con tus pasos para mi. Pero aún me dice cosas pequeñas, cosas que no entiendo. Pero también me dice que tú me dirás más, más todavía ahora que me escuchas, porque desde ahí cerca me escuchas, y me ves.
Quisieron mis dedos seguir un rumbo indeciso entre el aire de su voz y el agua que caía casi inclinada sobre un lado de su cara, como queriendo hacer girar su cabeza hacia su otro costado. Estaba erguido sobre una roca, siguiente a donde ella estaba arrodillada. A mi también me golpeaba la cara la lluvia como queriendo decirme algo, o mostrarme algo.
La lluvia mojó menos de lo que moja regularmente, acariciando las líneas de mi cuerpo. Y pues húmedas las ropas pesaron, desde ahí ya no estuvieron más. El agua caía tibia desde el cielo, como si el sol se interpusiese entre las nubes y nosotros. Y yo sonreía, y porque mi cuerpo gozaba de esa agradable sensación me daba cuenta porqué.
Y le dije
-Quisiera decir mucho, amo hablar. No necesito ni otros motivos ni otras situaciones para hablar contigo, sino porque siendo sólo tú yo digo mucho. A ti te digo mucho, como siempre lo hice, desde que te vi desnuda y llorando por primera vez. Y te vi así la misma vez, llorando sin entender nada y desnuda porque donde estabas nada más necesitabas.
Y dije que me encantó verte florecer, como la rosa más linda, como el árbol más fuerte. Más fuerte que cualquiera en los cuales te afirmaste alguna vez. Y dije que sentía todo lo que sentiste, y me esforcé más cuando eso pasaba, pues pensé que cualquier cosa, para ti, debía ser mejor. Y le dije a todos que no eran como tú, y te mostré a la naturaleza, y ella se sonrojó de envidia. Te mostré al cielo una vez, y desde ahí te iluminó todas las otras veces, hasta ahora.
Puse un pie más cerca de ella, intentando mover el otro, y escuché
-Y si veo que la lluvia es más suave cada vez y más cálida, no olvido y digo lo que me presenta el sueño ahora, mientras estoy despierta delante de ti, mirando las heridas en mis manos.
Y digo en una canción lo que quiero recitarte
Pues sentí el fuego rodear mi cuerpo
desde que abrí los ojos en la oscuridad
y vi que cualquier cosa estaba ahí
simplemente queriéndola
y susurré los sueños más hermosos
y los vi venir, y a ti detrás
tejiendo lo que en ellos estaba escrito
prendidos en esas rojas llamas
que despertaban mis ojos tibios
después de dormir, y tú siempre a mi lado
(...)
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