Tu voz cruzando el aire que nunca he de respirar.
Y me miras en una foto y ríes.
Ríes como prólogo de tu fábula de chocolate y sal, ríes para crear una almohada donde llorar.
Y lloras sobre la foto donde me viste, esa que me robó el alma esa vez, esa y no otra.
Y yo lloro sin saber que hacer.
Un movimiento de manos y un beso sin tocarme, una caricia con aroma a adiós.Ríes como prólogo de tu fábula de chocolate y sal, ríes para crear una almohada donde llorar.
Y lloras sobre la foto donde me viste, esa que me robó el alma esa vez, esa y no otra.
Y yo lloro sin saber que hacer.
La fiesta de todos los muertos que hemos de dejar atrás. La muerte tuya y la muerte mía, muertes de pasajes instantáneos y pestañeos fatuos, el insípido deceso de todo lo que no alcanzaremos a construir.
Tu belleza corriendo sobre mi cuerpo aletargado, mi agonizante bolsa de todo lo que en mis somáticos años he logrado destruir.
Y te elevas y me cansas.
Y un par de luces apagadas me dictan que no hacer, las órdenes desordenadas del silencio oscuro de esta habitación.
Y sangro por todos los recodos que alguna vez te tocaron, arrastrando mi voz en el helado suelo que dejó tu caminar, los pasos absurdos de tus pies descalzos gritándome que ya nada puedo redimirte. La última nota de aquella canción de horror.
Tu nombre clavado en mis cuencas, tu halo perdido en el mar.
Tu legado de fuego en mi espalda. Tus brazos adoloridos, mis brazos adoloridos.
Tú en ese reflejo. Yo y el yo de otros momentos.