La pregunta es inválida al tiro cuando no tiene respuesta (por lo menos una posible dentro de las dimensiones conocidas). Tan inválida como una verdad a medias; existente e inexistente a la vez, para los unos y para los otros diferentes a los primeros. A diferencia de la respuesta, la pregunta es infinita, incontrolable, ajena. No se puede domar la pregunta. Se puede preguntar cualquier cosa. En tanto haya una palabra que cuestione - qué, cómo, quién, cuánto, cuándo, cuál - hay también un enorme, sino inconmensurable, conjunto de probables preguntas por hacer. Cualquier combinación de palabras puede crear cualquier clase de cuestionamiento.
La respuesta es distinta. La respuesta es temporal, condicionada a una pregunta. La respuesta necesita del refinamiento de la pregunta, de un filtro (por lo menos el filtro de las dimensiones conocidas mencionadas).
La pregunta puede ser anacrónica, dispersa, imposible. La pregunta existe por y para si misma. La pregunta es posible siempre, incluso sin una respuesta.
La respuesta necesita de un padre, una pregunta "razonable" (!). Hay preguntas de todo tipo. Hay más preguntas por hacer que todas las que ya se hicieron.
La pregunta es un país y la respuesta su democracia.
Hay países sin respuesta.
La pregunta somos nosotros y las respuestas nuestras voluntades.
Por todo eso - y por nada - puedo preguntar apenas me sea posible. Cuanto más pregunto, mayor es la probabilidad de al menos lograr cosechar una respuesta.
Dicho de paso, así tan ligero como el viento, es la pregunta la que siempre eleva.
También en ocasiones la respuesta, en cuanto la misma no destruya.
La verdad es hija de la respuesta. Las preguntas no tienen veracidad. ¿Una pregunta es falacia al tiro? Las preguntas viven todas en un limbo alejado de lo natural y lo artificial.
Las preguntas son nada sino preguntas. Las respuestas son todo lo demás.
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