Siento que juegan las emociones dentro del tórax; me duele un pulmón pero sangro por las narices, el corazón ya no me grita y las tripas murmuran mi próxima vista al suelo, soñando en una pesadilla, triste y desalentado, cerrando los ojos en la oscuridad a luces encendidas. Veo el sol sobre mi testa, pero no hay luz.
El sol me acompaña. El sol es el sol ahora y será el sol mañana, pero se me han apagado los ojos tal lo hace el sol al anochecer, mas ahora por última vez; dicen las arenas que corre presuroso a mí el último imperio de la luna y yo acá desnudo. La luna no es el sol, y luego lloro. Pretendo buscar la oscuridad de la noche, pero hay oscuridad también en el día. Y miro entre las ramas, las aves gritan desesperadas que en la siguiente mañana no nacerá alba alguna, y el amanecer de mi intranquilo día se nubla entre el calor, el sudor y las ganas de fumigar mi mente. Ya no hay lujuria en mi inconciencia, se han cansado todos mis soldados y los aires de alegría en mi cuerpo ya viajaron lejos a otras montañas. Son demasiados tiempos agridulces y rodeado de lámparas estoy oscuro.
Hago una reverencia pero nadie me ve. Te pido vuelvas pero nunca me escuchas. Estoy entre grises nieblas y un par de perros hambrientos me quisieran en su estómago, pero nadie hay aquí; grito hacia arriba, mas tan solo siento mi voz volver con un suave pero desgarrador quejido significando entre los vientos de mi boca una soledad desatendida. Me muero pero todos creen verme reír.
Quiero despertar y de una sonrisa abrir los ojos, sentir estirarse mi piel pero no por diplomacia ni burda costumbre, abrir los brazos al compás de un baile con el viento y no por un desgastador bostezo. Vivir porque quiero y no porque debo.
Son demasiados años y la luz aún sigue tan tenue como el primer día; apenas veo mis pies sobre el helado piso y la brisa de una seca tarde de verano me encoje el alma. Son los años que me han azotado con sigilo y cautela, esperando la muerte del anterior para el siguiente aturdirme de nuevo otro par de tiempos, sollozando entre burlescos gestos de agonía, pero nunca han de dejarme morir por última vez. Me torturan los minutos muertos en una silla de púas y fuego, pero sádicos tienen entre sus veintitantas manos alcohol e hilo; han de quererme ver sufrir mas no descansar por el resto del eterno y mecánico tiempo. Me torturan entre espinas de rosas y flamas y me patean las costillas entre filosos puntapiés y ríen de mi esperanza para tan sólo luego tomarme en brazos y susurrarme al oído: “tú aún eres de por acá, no nos vengas con saltitos de idiota que mira la muralla es todavía muy alta y tus rodillas continúan expeliendo pus”. Y yo acá, en silencio, llorando a escondidas de mis ojos mientras hablo por teléfono. Nadie ve mi muralla, nadie.
Y heme todavía acá, escribiendo cientos de palabras sin rostro, luces de entre las tinieblas, un espectro adormecido en la soledad del patio de los callados. La enésima nota de un soneto de nunca acabar. El primer momento del resto del último intento.
Necesito una prórroga.
Necesito urgente la dilatación despreocupada del resto de mi tiempo. Quien ha de quererme ver gemir, desencienda hasta cansarse el monitor.
Ahora me desprendo de las últimas ganas de seguir acá. Me seguirán las letras, como siempre, pero ahora a otros papeles menos inocuos.
Muerte al halo inverosímil que arrastro. Voy a fumar en rojo y detestar lo absurdo.
Hay de todo pero nadie ve nada y yo, acá vomitando, ciego entre sordos.
A.N.I.M.A.L. - real
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