martes, 14 de abril de 2009

Transcripción del ocaso de la humanidad maldita, del remoto al aquí, y las versaciones de las llagas de los ofuscados

“Que Caos ampare a Dionisio, y este a nosotros.
Y que se abra el Tártaro bajos los pies de Apolo.
Silencio.
Henos acá, en las leneas fatales de las huestes poetas agonizantes. Henos acá, eufóricos y separados, entre ménades y bacantes, entre bufones en la habitación del lenocinio, entre lobos, perdidos en la arena bajo la arena, en la cárcel de la sociedad conjeturada, en el alcahaz de las águilas discordantes. Henos acá, malditos per se, malditos por la sangre que no elegimos, por la sangre de quienes ya han reído de nosotros, malditos por estar el uno al lado del otro, malditos por la prosa de otras tercas atrevencias, malditos por estar escritos.
Perversos y desventurados por las bobas frases de los pastores.
Desdichados por el asesinato ecuánime de las tramas, por el letargo de la moral, por el venir en el camino disoluto, por el celebratio de la desnudez y por todos los otros caprichos de los rebaños enfermos.
Juzgados por las tortugas y los perdidos, por los alicaídos, por los desgastados, por los payasos, con las justicias fatuas y la moralina laceriosa, siameses.
Ahora, y no después, viren las costillas y finjan entender, finjan el respeto que se les ha hurtado desde semillas. Mientan, mas no como les mienten a ustedes.
Pongan sus ojos en nosotros, en el sopor de las costumbres de colores.
Vengan y observen mejor, dejen sus redenciones majaderas y pastosas.
Mírennos y bailen en el juego de la pulcritud del placer atravesado.
Es esta, y tan solo acá y ahora, la veneración de las más incólumes excitaciones del corpus y el ánima.
Es el momento del goce venéreo, del vino y de la risa.
¡Abran todos ustedes, sus bestias de corral en el ahora y para siempre, abran esos hoyuelos sobre sus labios y sientan el fuelgo del dragón!
Sean de acá una vez, en esta vez, ustedes harones de lepra carcomida, gansos de plumas cortas, perros de colas caídas, menguantes, ustedes sinceros con quien no tiene ni sinceridad ni hombría, verdaderos con el poder sin poder, hombres en las persianas del deus caecus que nada tiene por hacer y que cansado sólo mira al hombre matar al hombre, y al hombre comer del hombre, y al hombre morir del y por el hombre, por el Creador creado, por la nada. Ustedes, trapos de la maldad del señorío sin sombra, trapos de la corte escrita con letras mentirosas, trapos de la jerarquía de la cruz enajenada, trapos en la mancha de los cuatro santos. Ustedes, dejen de ser los tarados alienables que por ser tal cual ustedes llamanse hombres, pues no son hombres sino tan sólo tarados y despreciables, vástagos de la conformidad y la hipocresía. Sean ahora los hombres, nosotros hombres, los hombres y mujeres del placer inherente e inevitable, los hombres por los que la tierra reza ser dominada. Los hombres grandes, los altos, los que respiran sobre la podredumbre; LOS HOMBRES EGOÍSTAS, CÍNICOS, FUERTES, DESASENSADOS, INTELIGENTES Y MAJOS.
Sean lo que se les ha negado a mansalva ser, sean lo que las nubes recitan. No miren al cielo en busca de respuestas retóricas, miren las estrellas en busca de preguntas. Miren a lo alto y construyan camino, no redención. Miren y no como ovejas, pues de las ovejas es el regazo pálido de la tierra, y no el cielo. Ustedes, polillas de poca luz, vean hacia arriba, no hacia las palabras ya escritas, no hacia los versos ya dichos, no hacia el templo, no al horizonte, pues el horizonte es ahí para siempre. Miren al sol perderse, y luego aparecer. Perros adormecidos, ustedes los domesticados, vomiten el hedor en sus pechos y miren lo que se les dijo no mirar. Vean, y con ambos ojos abiertos, y las manos, y el espíritu.
Volteen a sus espaldas el parangón de ustedes y las almas asumidas, conviertan en cenizas el muñeco de sus calamidades, el de sus sumisas fronteras, el de sus temores, el de sus acérrimos horrores. Escupan en los eriales de sus padres, y en los de sus hijos y en el de sus bastardos, sus más dantescos miedos y prepárense para la sangre, ya que de sangre barnizanse las avenidas de los altos, las calles de los carruajes de oro, los caminos de los festines y la ambrosía infinita. Volteen su cuero y limen las llagas de sus anteriores movidas, y pronúnciense delante de los jóvenes, griten frente a los jóvenes, que el vigor y la fuerza son las llaves del arca de la luz verdadera.
Vengan al lugar al que le temen, que más temor que el aquel es imposible palpar. No tienen de por más grande otro miedo que este, y entren silentes y severos, pues sus chillidos son punzadas en los oídos de nuestras deas.
Aclamen todo lo que puedan en un segundo, y descansen; será esa, y nunca otra vez otra, la última mutilación a su alma, la última estocada al leo interioris, el último polvo que ha de molestar sus pestañadas. No habrá otra suplica jamás, tan sólo remiendas personales, y no habrán más quejas brotando de los labios de ustedes, de poca lujuria enervados, que llamen a estos lugares a quienes nadie gestó; no llamarás al padre del todo, pues eres del todo el amo y de los tiempos y del ardor de los fuegos matadores, y no susurrarás en tus esquinas un espacio para omnipresencias redentoras, no murmurarás ni serenarás tus voces, ni por los beatos per imbecillitas, ni por los jueces de las mazmorras, ni por tus padres a los dogmas sujetados, ni por tu vida; sea tu vida una guerra y no una hondonada de eufemismos y deformaciones. Toma entre tu boca y tus brazos la vida como un vaso vacío, a gritos pidiendo ser llenado, y no como un plato tapado, no como un plato con fronteras de desagradables costumbres y coartaciones al goce del alma. La vida es ahora, y no mañana.
Ya no se repriman en el viento como los cobistas que fueron ayer, y anteayer. No hay adulaciones que por precio merezcan rodillas laceradas; su cuerpo es el sacro imperio de todos y cada uno de sus poderosos pasos, las pautas espontáneas de la bondad individual, el placer de querer y no deber. El gato en el altar eclesial debe morir, y por ustedes, en el momento preciso, en el tiempo del ardor furibundo, en el de las risas eternas, en la alegría del ser. Que la mentira de la cruz deje de ver la manada de jamelgos que son ustedes, los flacos, como carne de carnada, como hojas en blanco, como masilla podrida, como esclavos agrietados.
¡Es el tiempo de ver flamas sobre las cabezas de los degolladores! ¡Es el tiempo de la piromanía de los furientes de brazos caídos, el resplandor agotador de los desalmados, el ocaso de ustedes! ¡Es el tiempo de ver caer los falansterios del clérigo azotador! ¡Es el ahora del fuego y la guerra! Mueran niños y mujeres, animales y plantas, todos ustedes, bajo las llamas del gran dragón, pues de las cenizas serán los cimientos de las avenidas del hombre grande. ¡Que golpee la puerta la génesis de la muerte del puritanismo, y la derribe! ¡Que caigan las casas de los maltratados, que se incendie la plaza de los condenados, pues de sus huesos se alimentaran las aves nuevas de la inmensa perfecta civilización!
Es este el primer trazo del naciente y fragoso reino del sol.
Y prepárense los despreocupados, que el imperio de la estrella luminosa es complicado, las calles vienen y van, los mozallones bajan mientras suben y las lágrimas vienen de vuelta.
…”
Gabriel, texto inconcluso

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