Sírvase usted mi señora de mi salvajismo
para pronunciar pausada esa tonada colérica de tantos oídos ya hecha
de tantas veces ya repetida y acribillada
señora, usted y su tonada y su risa.
Y el piso solloza sobre su madera
ya de su limpieza nada queda, mi indecencia observa
rengueando por la humedad de mis fatalidades
y mirándome hacia arria, y yo no lo miro a él.
Yo ya no veo, no miro, sólo escucho
y necesades.
Mientras desaparecen entre los bosques y la cordillera
las aguas eternas, un brillante lago en el sur
el mío renace tormentoso e imprudente
sobre las cenizas que juré estaban por estos tiempos apagadas.
Y continúa el alba apareciendo mojada
bajo el ritmo que olvidé y se ha vuelto a escuchar
el goteo insistente de los traumas espontáneos
el nuevo charco idiota evitable que aún no murió.
Preso de los problemas a luces rojas publicados
yo, ciego, apunto los ojos hacia el horizonte vermellón
y el sol me enmudece, el frío sosiego de una tarde infértil
mas se mofa el agua por todo lo que aún no puedo controlar.
Caen una tras una, una sobre otra
las gotas de la irresponsabilidad.
Torpe cuervo de diurno vuelo
Flojo lobo que no puede cazar
Y bajo el dintel de mi arco podrido
aún ese León poderoso no quiere despertar.
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