
En la disposición del trazo, en la dócil manifestación del instante sobre el lienzo, a partir del vacío blanco, emprende el tránsito el ojo analítico del artista; la mesurada traza del dibujante y su pluma, la eficiente insolencia del pincel del pintor. El estudio preciso y afable del momento, siendo éste tinta o pintura en la paleta de la mirada, embistiendo a la pulcra tela sobre el atril, fresca por recorrer, afanosa por ser acariciada.
El análisis cabal de la naturaleza viva o ya vivida, real a la luz o en la oscuridad divagada, frente a los ojos o tras ellos; la bienvenida de un trozo del tiempo en la antesala de su re-presentación en una obra de indemne ciencia aglutinada en una reflexión estética y representativa.
Es el aquí y el ahora de la representación, el ojo del trazo yendo y viviendo sobre lo que luego confluirá artísticamente perfecto al paño en un provocador vaivén de pinceladas, tupidas remiradas, invaluables expresiones desasosiegadas y aspavientos simples y complejos, muecas críticas del resultado tras el hombre observador, árbitros en la resulta de la seducción de la naturaleza. Ministros del vástago mudo del análisis ocular, de la técnica, del juego de manos.
“Cuando mi enfoque consuma los rieles de mi mirada incinerada
No hay más por representar que la caótica escena en mi cabeza
Que gira y se pinta, que espabila la abstracción que me poseyó
Durante el momento en que no hubo otra representación
Más que la imagen tosca de un apagado momento atemporal.
No son los resultados de miles de lecturas pasadas
Sino tan sólo la explosión piromántica e inescrutable de mis incontinentes ojos
Y las inmensas ganas de aparearse con la tela de mis dedos.”
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