martes, 23 de agosto de 2011

primer animal

Y en tratar de oír lo que dijeron perdióse la voz del mundo; porque todos quisieron hablar mucho; entonces después terminaron con sus palabras sobre gritos, y luego no querían escuchar. Y cayeron las hojas de 14000 árboles, pues de los gritos nació el gran viento, el viento virulento que botaba y mataba; luego cayeron todos los otros árboles, presentando sus raíces hacia arriba, mirando al cielo ahora oscuro. Y todos querían seguir hablando, pero aún no escuchar.

Se abrió la corteza del cielo, mostrando la cara del primer animal. Fue ahí cuando todos callaron por primera vez. Barba cana bajo gruesa boca, una línea perfectamente dibujada trazaba el límite entre su rostro y la luz; dos grandes bestias cubrían sus ojos desde arriba, sostenidas cada una con 24 fuertes lienzas del también cano pelo. Largas sendas vacilaban, cayendo gruesas en las mejillas. El primer animal no movía su nariz, pues de dos muecas podía desaparecer el todo, con la primera mostrando el camino y con la segunda tan rápida que nada nadie alcanzaba a pensar. Todo quedaba en cero después de sus muecas. Sus ojos nunca nadie los vio, pues las bestias celosas rugían cuando se intentó disuadir la mirada del primero. Quiso el que recitóme las palabras que yo dijera de él nada más. Nada más del primer animal digo.

Y los que callaron también miraron; y vieron desde ahí la rabia de la gran madre. Y salieron de donde estaban refugiados: escondidos dijeron las bestias, ocultos tras las piedras, pues ni miraban cuando gritaban, ni vieron el viento que crearon. No conocían los ojos del otro, decían las dos bestias. “Sois los cobardes originales, de la mentira hijos. Os digo que ya no dirán más”. Palabras de las bestias que imponía el ruido ronco de sus 100 bocas; palabras que eran labradas sobre gruesa roca, una por golpe de cada una de las cientos de colas de metal que salían flameantes desde el último rasgo del lomo.

Y el primer animal habló, y dijo: “Es porque gigante me presento que callan todos, ni silente ni pequeña sería mi forma, pues sus hálitos ya la razón no pudo intimidar. Y de su gnosis no quedó más que la del viento virulento que soplaron en sus gritos, y de todas las cosas que dijeron ocultos nada se escucho. Ninguno escucho al otro. Y porque cano me mostré ahora me escucharán.”

El incipiente sabio animal habló y dictábame las verdades sin titubear, haciendo todo a la vez, y destruyendo todas las mentiras que viraban cara abajo dentro del vórtice que dejaba el viento virulento. Todo podía hacer porque poderoso fue, y por ser primer animal vigoroso todos tuvieron que escuchar.

Y la última epifanía resolutiva me recogió, y poner en clara palabra los hechos díjome el grande: se dejó gritar para que todos se supieran histéricos en sus almas, y así se promulgara entre los unos y los otros los errores de ellos mismos. Esperóse al viento rancio, pues con la purificación del aire se comienza la primigenia gran revolución. Aparecióse gigante y violento y cano porque sólo así escucharían los hijos del dogma vicioso, de la marca de la “vida vendida”. Mostróse con las garras de las bestias delante, prometiendo zarpazos de fuego, pues la esencia corrompida de ellos ya no escuchaba ninguna razón. Su substancia espiritual estuvo podrida y verla morir sólo se pudo hacer. Y gritó las verdades el animal sólo en el silencio después del fuego, después del llanto, después de la grandiosa desgracia de los infelices. Nunca más nadie se ocultaría de nuevo tras las rocas.



Somos ahora el primer animal. Que no se tiemble al intentar rugir; pongamos fuerza para que el golpe sea el más fuerte posible. No caer, ya callarán.

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