-Vida mía, de escultor de concepción magullada, de hijo querido, de gran cariño. Vida mía, pues fue de ambos, y porque te tiendes silente sobre los brazos que cuelgo, te concibo perfecta y escucho sin atrocidades las letras que junta tu poesía. Y en ese árbol hago reposar el amor que predije y entrégote, ahora y siempre.
Te escucho, a vos en la sangre, a vos curtida y herida, mas no infeliz, y te digo en un poema perfecto
Libro quen vuestros dedos revira
Torciéndose las hojas questampan
Los que escribiéronse en frases inteligentes
Libro y vida, letras y sol
Alba resaltadora de vuestra mirada
Pues vos pusiste la mirada
Y regaláronte la sabiduría
Porque sabia eres los juicios escápanse. Porque te enseñé a leer desde el alma es que ahora reniego de proclamar una culpa sobre ti. Vánseme las palabras de juez mirando tu espalda, apoyo mis manos entre tu cuerpo y la madera. Y seduzco a las demás razones para que la tuya no se vea vapuleada. Y respiro del aire, y contigo atrapo el viento.
Entonces callé por que lo supe debía, y tomé lugar frente a su insipiente nueva y perfecta mirada; mirada respondedora e inocua. Sentado sobre la tranquilidad viré para escuchar:
-Que tranquilos tus animales vienen en las palabras, y vienen fuerte corriendo. Hambrientos cualquiera los ve, mas yo diviso sin errar su necesidad. Y no hay más que razón en tu palabra.
Tu paciencia ni corroe ni afea, sino dibuja. Y pues te dije tus gracias son ahora mis definiciones, no puedo sino desafectar tu horror de mi negligencia. Y no te odio por el yerro en el que te sumiste, pues todos caen en él alguna vez.
Te suspiro en esto ahora
pintar de hermosos colores
dice la pantalla mentirosa
cuando en pocas palabras
dígote la bella verdad
sangro porque peleé
sudo cansada por todo, por lo mismo
sino mis derrotas me demarcan
tengo ahora la experiencia de aprender
a aprehender mejor
y de salir del surco ahora no tiemblo
y esculpo, como vos
las cosas que ahora haré mejor
mi sangre no tiene pena, pues de eso no viví
sino fortaleza
el sudor no tiene tristeza, pues de eso creé
las cosas que ahora ves
Mirándola a los ojos sonreí, y pedí a los dioses perdonar la confusión. Ni mi mirada errada contemplaba su voluntad, pues el miedo de la crueldad del mundo ciego me segó la crítica acertada. Mas olvidé ser yo el segador que enseñaba, a esta perfecta mujer dorada. Si, ciego y buen segador, de raíces malas.
Y viéronse las mariposas volver, y a mi cordura cierta. Mi razón pasional está contigo otra vez, hija.
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