Una escena mínima, terrible. Un golpe seco cayendo desde el techo.
No es tan arriba, es tu brazo batiéndose fuerte, eres tú saltando. Eres tú desde el otro lado de la luz.
¿Final anticipado?
¿Eso te escuché susurrar?
Hay una ampolleta colgando bajo una gruesa cortina de metal curvo, una construcción miserable pero efectiva. El haz te muestra como la delicada criatura que eres, frágil y perpendicular. El trozo de papel que rompe la horizontalidad de tu anaquel flotante parece buscarte, está paralelo a ti. Son como un número en conjunto, te miro desde el otro lado de la luz y sólo parece que veo eso.
No me digas eso otra vez. No me hagas repetir eso desde el otro lado de la luz.
Abres la llave y miras como la gravedad dibuja esa desordenada línea de agua. ¿Porqué la analizas? ¿Porqué te quedas mirándola? Es sólo agua, y las gotas rebotan sobre la loza percudida y sucia, no hay magia. Ahora miro lo mismo que tú y te pierdo de vista.
Levantas la cabeza mientras te acercas las manos a la cara como pequeños barriles húmedos. Tus nervios te delatan, tus brazos se sacuden nerviosos, los dedos llegan secos al rostro. ¿Te parece bien?
¿Nunca más?
¿Eso te escuché susurrar?
Escuchas aves que no existen, sacudes los pies y de ellos salen colores que nunca estuvieron. Tu temblorosa cabeza la veo perfectamente. Hay dos luces tenues en tus ojos, también en los míos. Estos brillos lucen como moscas agonizantes que no tienen centro de gravedad, cuyas alas parecen volverse cera caliente. Que asco.
Bueno, parece que hace efecto el café. No te quiero volver a ver otra vez hoy.
Te sacudes, me sacudo, despertamos definitivamente.
Debo partir a cumplir las formalidades del ser humano. Cada vez te ves peor trazado en el espejo.
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