martes, 6 de octubre de 2009

despertar, II

...

Es tan sólo otro ocaso de la noche. Ya fuéronse todas las negras criaturas de mi tablero. El juego terminó otra vez más.
Se abren los mares adustos de entre mis alucinaciones, rompiendo en las rocas todas las velas y todas las espinas de hombres de tierras rojas, los hombres del otro lado de mi conciencia. La gente chica que vive húmeda detrás de mi cabeza, por dentro, en la sangre navegando tales piratas nauseabundos embisten las comarcas. Los hombres que jamás existieron sobre la misma tierra de los pobres hombres, de los hombres conocidos.
Los hombres que los hombres muertos nunca han de ver.
La salvación en mis sueños escapada, los lagos de agua pura y virgen, por ninguna boca de ningún hombre nacido ensuciados.
Los hombres que al sueño huérfano que hemos dejado siempre han de acompañar. Los hombres precavidos y los hombres buenos, hombres de muchas virtudes y mucha fuerza.
Los hombres que nada necesitan.
Los hombres que desnudos todo tienen.
Los hombres más grandes que mis grandes ojos, ojos tercos que ya no se cerraron. Los hombres que bajo el velo de la luz de este nuevo día ya se desvanecieron, ocultándose hermosos en cada rincón de mi trenzada sesera.
Los hombres que descansaron dentro del sueño muerto ahora por mis ojos despiertos, todos dentro del sueño extinto, mas insepultos e inmortales.
Los hombres que visitarán de nuevo las tiendas de mis llanuras en la noctívaga danza de las estrellas, bajo el manto de mis ojos recogidos. He de estar despierto, muy despierto, para no olvidar que debo estar dormido.
Seré de las huestes negras esta nueva noche que me regalarán.
Y ahora, despierto, soy otro perdido entre las almas perdidas.
Saldrán de mi tienda roja los pasos corriendo hasta cansarse y llegar a las otras tiendas vacías.
Un nuevo blanco día para un gris y repetitivo ser.

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